El Juco en las creencias Gauchas






El presente documento es la traducción al español de la siguiente cita:

Lameda I., y Del Moral, F. (2008) The Andean Bear in the world view of the South American Andes. International Bear News 17(4) 14 – 15. USA




Durante visitas a campo a la selva del noroeste argentino (Salta y Jujuy) y el compartir con gauchos a lo largo del camino, en nuestras paradas en sus ranchos y las conversaciones en las noches que de por medio se compartía el mate (Bebida Argentina) y hojas de coca, fuimos descubriendo que existe un personaje de muchos nombres, el cual lo llaman Juco, uco (a), ucumar (i), panda criollo y nos despertó una inquietud de conocer más sobre este animal mitad hombre – mitad oso que dicen los gauchos que sale en la selva; nuestra sorpresa es que este animal del cual tanto hablan y es hasta un misterio es nuestro carismático oso andino (Tremarctos ornatus).

Las siguientes son algunas de las creencias que se entretejen alrededor del oso de anteojos (Tremarctos ornatus) en las selvas nubladas del Noroeste de Argentina. Forman parte del rico acervo cultural de la región que es importante conservar y fueron recopilados en el campo mediante relatos orales que me referidos por gauchos e indígenas.

Acerca del Juco:

Donde la selva asciende, envuelta de niebla por las sierras, hasta ser estrujadas por las pampas de altura ó en las infranqueables peñas, donde la espesura conspiradora estrangula a los ríos, tiene su morada: El Juco, Ucumar/i ó Ucu.

Alrededor del Ucumar se tejen la mayoría de los mitos sexuales de la selva. Se lo considera peligroso sobre todo para las mujeres vírgenes a las cuales rapta para copularlas y tener descendencia con ellas. La Ucumar hembra, Juca ó Uca en tanto tiene preferencia sexual por los hombres jóvenes.

Cuentan gauchos y aborígenes, que es durante la época lluviosa cuando la incursión de una mujer ó un hombre resulta peligrosa en el monte. Justamente en esta estación, el Juco desciende de sus dormideros y cuevas en las peñas altas de la selva para acechar a la gente en los caseríos y poblados de las zonas bajas.

La incursión del hombre en los dominios del Ucu es peligrosa. Cuentan que los perros suelen aullar lastimeramente cuando olfatean su presencia y se vuelven tras su rastro disparados cuando escuchan los gritos y vocalizaciones de este, monte adentro. El Ucumar suele advertir la presencia de los hombres y los vigila prudencialmente desde la lejanía o en las altas peñas. Sí se siente perseguido empujará y arrojará rocas hasta librarse completamente de ellos. Aquel innombrable, si no indirectamente para no invocar su presencia, desde las inhóspitas selvas húmedas de neblina donde tiene su morada, seguirá bajando año tras año, acechando, hasta los caseríos campesinos en las zonas bajas, en busca de sus doncellas.

El Arte del Ucu.

Una tarde de fina llovizna tropical, recorriendo montados la ancha playa del río Santa María -en el corazón de la selva oranense, al norte de Salta- fuimos a hospedarnos en el puesto “fortificado” de un guía maderero, llamado Don Ruiz.

En un claro abierto en la selva tenía su rancho. Se accedía a el desde la playa del río sorteando una umbrosa picada que se internaba en el monte. Alrededor de su pequeño rancho había construido un “fortín” de palo laurel de dos metros de alto, se entraba a este a través de una puerta de palos rollizos con pasador doble. Viendo en mí la sorpresa que me causó tal construcción se excusó, “Es para evitar las llegadas al rancho, de los overos (Jaguares) y de la Juca…”.

Mientras el crepúsculo se desangraba en la maraña selvática y una brisa suave azotaba el fuego del fogón, nos refirió algo que jamás había sentido: El Arte del Juco.

Y así comenzó: “Una mañana de verano encontré huellas de overo (jaguares), cerca del rancho, decidí armarme e ir a rastrear al tigre por el río. Camine unas tres horas por una quebrada, tras los rastros, por lo que intuí que la presa del animal estaba cerca. A eso del mediodía me detuve junto a un manantial a comer y descansar, estaba sentado de espaldas a unas rocas bajo la sombra de los árboles, de una peña baja. Fue en ese instante cuando sentí un olor penetrante y un bufido tras mis espaldas, me reincorporé rápidamente y tomé el fusil y allí delante estaba alzado rudamente contra el dosel selvático, con aquellos grandes brazos colgantes, un Ucu macho, todo oscuro, grueso, calchudo (peludo) e hirsuto; apoderado de la situación, mirándome directamente a los ojos. Estaba inmóvil, solo clavándome su mirada y yo, enfrente sin poder siquiera atinar a apuntarle con el fusil. Durante un instante pareció que todo se reducía a él, que todo lo controlaba… hasta que, displicentemente volteó y se hundió en la telaraña del monte que se tejía entre el” -y prosiguió- “Comenté a los gauchos (criollos) viejos sobre aquella situación y me dijeron que había sido victima del arte del Uco”.

“Sí el animal fija su mirada sostenida y penetrante primero en los ojos del cazador se apoderará de su persona, de sus movimientos, lo controlará; una suerte de hipnosis que dejará a la victima inmóvil por unos minutos, sin siquiera poder hacer nada al respecto, hasta no bien el Uco se halla ido… ese es su arte, el llamado arte del Juco”.

El hijo del Ucumar.

Nos contó un viejo gaucho, del río Colorado -en la Provincia de Salta, cerca del límite con Jujuy- la suerte que corrió uno de los hijos del Ucumar, un híbrido entre oso y humano.

Era conocido por el nombre genérico de José Juco. Un hombre moreno de la etnia Kolla, grueso, de mediana estatura, de brazos y piernas fuertes, de rostro muy angular y contrastado; pero había una particularidad que no solía pasar inadvertida, era extraordinariamente velludo, por lo que criollos y kollas no tardaron en concluir que José era uno de los anónimos hijos del Juco.

José Juco, por alguna vieja disputa con su comunidad se había alejado de ella. Vivía en su puesto en un área remota de la selva. Era un completo ermitaño alejado de toda civilización. A pesar de ello, solía volver algunas veces de monte adentro para comerciar con gauchos y kollas, trayendo consigo pieles y carnes de animales silvestres que cazaba en el monte e intercambiaba por utensilios u otros productos. Toda vez que José, solía acercarse a los ranchos, los perros lo ladraban y aullaban lastimeramente advirtiendo su presencia; los caballos se molestaban e incluso los más mansos se encabritaban y salían disparados ante su presencia.

Muy difundida era su fama de cazador infalible. Sin embargo, sus artes en la actividad jamás fueron reveladas y más aún fue distante a compartir las “batidas” con la gente. Terminaron de convenir pues, los que lo conocieron, que ello se debía a lo remoto de su humanidad, a un instinto subyacente pero a la vez poderoso de su ascendencia Ucumari.

Con el paso de los años, se sucedieron altercados con la gente debido a que los cazadores invadían frecuentemente sus dominios. Detestando las matanzas de animales silvestres que los hombres realizaban, José terminó por despreciar a la gente y acabó migrando a las sierras más remotas, sin que volviera jamás a saberse de él.

Sin embargo, alguien indicó que la suerte final de José Juco fue muy diferente. Durante una excursión a la selva, en busca de miel, se había topado con un grupo de jucos machos en celo que se agitaban a su alrededor azuzándolo (molestándolos). Cuentan que José exasperado terminó por ahuyentarlos para luego aparearse con la Juca. Aseguran que, desde aquel momento, José ya no podía regresar entre los hombres. Habitando las áreas remotas de la selva hasta su muerte, dio origen a una nueva generación de hombres-ucumaris.

La información presente fue recopilada y escrita por Fátima I. Lameda y Fernando Del Moral, 2008.

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